Los días transcurrieron con una calma tensa, cada hora cargada con la expectativa de su llamada. Mi victoria pírrica con el cargamento había dejado un sabor amargo, y las palabras de mi padre, "corona del infierno", resonaban como un eco siniestro en mi mente. Pero mi concentración se quebraba una y otra vez con el recuerdo de unos ojos ámbar y una deuda pendiente.
Cuando sonó mi teléfono, un número desconocido, supe que era él incluso antes de contestar. Su voz, ese susurro rasposo que parecía