La frase de Silas quedó suspendida en el aire entre nosotros, como un humo venenoso y seductor. "Algo que solo tú puedas darme". Mis puños se apretaron hasta que los nudillos brillaron, pálidos, bajo la tenue luz rojiza. Él no quería sexo. No quería un juramento de sangre. Quería algo que solo pudiera venir de mi interior, y la sola idea de desnudarme ante él de esa manera me provocaba más terror que enfrentarme a una docena de matones con navajas.
—No quiero un objeto —continuó, su voz un hilo