Habían pasado los días que el médico había marcado en el calendario, doce exactamente, y cada uno de ellos me pesó como si llevara piedras en el pecho. No podía evitar contar las horas, repasando mentalmente todo lo que había hecho y lo que había sentido, buscando señales que confirmaran que estaba embarazada. Pero no había certezas. Esa mañana, Luca me llevó a la clínica para la revisión que decidiría si el embrión había logrado aferrarse a mí o no. El camino fue silencioso, y yo apenas podía