El disparo resonó en el callejón, un estallido seco y brutal que cortó la noche como un cuchillo. El hombre de la navaja gritó, un sonido agudo de sorpresa y dolor, mientras su brazo sangraba y caía de rodillas. Sus amigos, los matones de pacotilla, no esperaron a un segundo disparo. Sus valentías se esfumaron junto con el eco del primer tiro, desapareciendo en las sombras de las que habían emergido, como cucarachas asustadas por la luz.
El olor a pólvora se mezcló con el hedor a podredumbre y