La sonrisa de ese hombre no era triunfante. Era la calma satisfecha de un jugador de ajedrez que acaba de ver a su oponente mover exactamente la pieza que él quería. Esa sonrisa se grabó a fuego en mí, un recordatorio de la línea que acababa de cruzar. No había vuelta atrás.
—Excelente decisión, Valentina —su susurro resonó en la habitación cargada de incienso, sellando mi destino.
Me latía el pecho con la fuerza de un animal enjaulado. La parte de mí que era hija de Luca gritaba que esto era u