Los dos días transcurrieron con la lentitud de una condena. Cada hora era un martillo golpeando en mis sienes, un recordatorio de la espada que pendía sobre mi cuello y de la prueba que se acercaba. Había revisado los planes del cargamento hasta la saciedad. Los horarios, las rutas alternas, los nombres de cada hombre que estaría en el muelle. Lo conocía al dedillo. Era mi redención, mi único camino para enmendar el caos que había desatado. Esa noche era todo.
La tarde anterior a la llegada, el