El viaje hasta la casa de Arturo, había sido un borrón de furia ciega. Un rugido sordo en mis oídos que ahogaba cualquier razonamiento. El Aston Martin parecía una extensión de mi rabia, tragándose las calles como si ellas también fueran culpables. No recuerdo estacionar. No recordo cruzar el jardín impecable. Solo recuerdo la puerta de roble macizo cediendo ante mi embestida, un crujido que sonó como el quiebre de un hueso en el universo ordenado de ese cerdo.
Él estaba en el estudio, bebiendo