El calendario en mi habitación parecía marcar el tiempo con un peso distinto desde que comenzaron las inyecciones. Cada día tachado era un paso más cerca de esto: el momento en que algo, diminuto pero decisivo, podría cambiar mi vida para siempre.
Los pinchazos, los mareos y el malestar ya se habían vuelto parte de mi rutina. No había un solo día sin sentir que mi cuerpo estaba siendo moldeado para un fin muy específico. Ahora todo eso terminaba aquí, hoy.
Cuando desperté esa mañana, la mansión