La quietud de la casa era, ahora, una mentira elaborada. Cada superficie pulida, cada flor en su jarrón, cada risa que bajaba desde la habitación de los niños era una capa finísima de barniz sobre un abismo. Desde que el caballito de Gabriel había aparecido en esa caja anónima, el aire mismo se había vuelto afilado, cortante al respirar. Yo era la guardiana de esa paz falsa, la centinela de un castillo.
Luca se había convertido en un espectro de sí mismo. Un espectro de ira pura. La llamada en