El amanecer llegó sin avisar, como si la noche se hubiese disuelto sin darme permiso de descansar.
Las primeras luces se filtraban entre las cortinas del dormitorio, pero no traían calma. Había algo en el aire… denso, como si la tormenta de la noche anterior no se hubiera ido del todo, sino que se hubiese metido en los muros, en mi pecho, en cada rincón de esta casa.
No dormí.
Pasé las horas escuchando cada sonido, cada crujido del piso, esperando volver a oír pasos donde no deberían haberlos.