La rutina en la mansión se había vuelto un disfraz en el que apenas podía respirar. Cada sonrisa que fingía frente a Greco era un veneno que me tragaba a la fuerza, y cada gesto de cordialidad era una daga que me hundía más en su juego. Sin embargo, debajo de esa superficie había movimiento. Clara, con su aparente ligereza, había conseguido abrir grietas donde yo jamás me habría atrevido.
Aquella noche, cuando entró en mi habitación con los ojos tensos y el rostro pálido, supe que había descub