El aire de aquella tarde estaba pesado, como si la ciudad supiera antes que yo que algo oscuro iba a suceder. Gabriel iba sentado en el asiento trasero, con su peluche apretado contra el pecho. Yo lo miraba desde el retrovisor y le sonreía, intentando contagiarle tranquilidad, aunque por dentro la ansiedad me consumía. Íbamos al hospital para las pruebas previas al trasplante. Era el día en que todo debía comenzar a tomar forma, el día en que la esperanza empezaba a materializarse. Y aun así, m