Cuando el médico me dijo que podía irme al día siguiente, sentí una mezcla de alivio y temor. Mi cuerpo todavía estaba adolorido, mi mente aún cargaba con las imágenes del parto improvisado, de la guerra que se había librado más allá de esas paredes, pero mi corazón latía con fuerza cada vez que miraba a mi hija. Valentina dormía tranquila en la cuna del hospital, con sus puñitos cerrados y un gesto sereno en el rostro. Era como si el caos jamás hubiera rozado su mundo diminuto.
Creí que regres