La batalla había terminado, pero en mi cuerpo seguía latiendo como un eco. Cada vez que cerraba los ojos todavía escuchaba los disparos, los gritos, el crujir de las paredes cediendo bajo el fuego enemigo. Y sin embargo, allí estaba yo, en una habitación blanca, con el olor a desinfectante impregnado en cada rincón, con mi hija dormida a mi lado, viva, respirando tranquila como si el mundo no hubiese estado a punto de derrumbarse.
Después de que el caos cedió ante la victoria de los hombres de