El silencio después del llanto fue tan absoluto que casi me asustó. El cuerpo me temblaba, empapado en sudor, con los músculos ardiendo de agotamiento. Apenas podía respirar, pero en mis brazos había un milagro: un pedacito de vida que agitaba sus manitas torpes, con los ojos cerrados y un llanto débil que ya comenzaba a calmarse. La apreté contra mi pecho, sintiendo cómo su calor se mezclaba con el mío, y de inmediato supe que cada herida, cada lágrima, cada miedo que me había atravesado valía