El estruendo me sacudió los huesos. La tierra temblaba bajo mis pies como si la mansión estuviera a punto de derrumbarse. El suelo vibró, las paredes crujieron como si fueran a partirse, y el olor metálico de la pólvora comenzó a colarse por las rendijas. El corazón me martillaba en el pecho, pero lo peor no fue el miedo a la guerra que estaba invadiendo la mansión. Lo peor fue sentir el dolor repentino, brutal, desgarrador, que me atravesó el vientre como una cuchilla ardiente.
Me doblé sobre