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Lágrimas Bajo La Lluvia

Asley seca sus lagrimas y sube hasta la habitación, necesitaba respuestas, al menos una explicación. 

  Asley se sostuvo del marco de la puerta porque sintió que sus rodillas iban a ceder. El dolor de la traición era agudo, pero la mención de su hijo —el pequeño que descansaba apenas a unos metros, ignorante de que su mundo se estaba desmoronando— encendió en ella una chispa de indignación que atravesó su parálisis.

  — Necesito una explicación, ¿Quién es? Porque debe haber otra mujer. 

  Tristan terminó de desabotonarse la camisa de seda y la dejó caer sobre la cama matrimonial con una indiferencia que dolía más que un golpe. Se giró hacia ella, y sus ojos azules brillaron con una crueldad que Asley nunca creyó posible.

  — Así es, una mujer que si esta a mi altura, ahora toma tus cosas y la del niño, vete, no quiero volver a saber de ustedes. 

  —¿Y tu hijo? —preguntó Asley, su voz subiendo de tono por primera vez—. ¿Él también es una "sombra" que ya no encaja en tu vida de CEO? ¿Cómo puedes decir que no quieres saber nada de nosotros?

  Tristan caminó hacia ella, deteniéndose a solo unos centímetros. Su aroma floral —el de la otra mujer— la envolvió de nuevo, como una burla.

  —Nos iremos, Tristan. Pero recuerda esto: el aire allá arriba es muy delgado. Y cuando empieces a caer, no habrá nadie abajo para atraparte.

  El frío de la lluvia golpeó el rostro de Asley en cuanto cruzó el umbral, pero el hielo que sentía en el pecho era mucho más punzante. Tristan ni siquiera se asomó a la ventana para verlos partir; para él, ellos ya eran parte del pasado, una carga que acababa de soltar para poder elevarse más alto.

  El agua caía con una furia implacable, empapando en segundos el abrigo de lana que Asley había elegido con tanto cuidado para la cena. En sus brazos, el pequeño Leo se despertó confundido, asustado por el rugido de los truenos y el llanto silencioso que sacudía el cuerpo de su madre.

  —¿Mami? ¿A dónde vamos? —preguntó el niño, hundiendo su rostro en el cuello de Asley.

  —A una aventura, mi amor... solo es una pequeña aventura —mintió ella con la voz rota, tratando de cubrirlo con su propio cuerpo mientras caminaba hacia la acera.

  Asley se detuvo un momento, jadeando. No sabía qué era más pesado: si el peso físico de las dos maletas que contenían los restos de su vida, si el cuerpo de su hijo que lloraba sin entender por qué ya no estaba en su cama caliente, o el dolor lacerante en su corazón que parecía restarle fuerzas a cada paso. Cada gota de lluvia se sentía como una burla de Tristan, un recordatorio de que él ahora dormía bajo un techo seco que ella misma había ayudado a pagar.

  Caminó varias cuadras, el agua anegando sus zapatos, hasta que sus brazos no pudieron más. Se sentó en un banco de una parada de autobús desierta, abrazando a Leo contra su pecho. Miró sus manos, esas manos que alguna vez sostuvieron lápices de diseño y que luego se dedicaron a cuidar cada detalle de la carrera de Tristan. Estaban rojas por el frío y el esfuerzo.

  —Se acabó —susurró para sí misma, mirando hacia las luces borrosas de la ciudad—. El sacrificio se acabó hoy.

  Por un momento, la desesperación quiso consumirla. No tenía a dónde ir.

  La lluvia arreciaba, convirtiendo el asfalto en un espejo oscuro que reflejaba la desesperación de Asley. Se sentía pequeña, aplastada por la magnitud de la traición de Tristan. Él no solo le había quitado su hogar; mediante un juego sucio de documentos que ella firmó confiando ciegamente en el hombre que amaba, la había dejado sin acceso a las cuentas, sin un peso en el bolsillo y con el alma en carne viva.

  Abrazó a Leo con más fuerza, intentando transmitirle un calor que ella misma ya no poseía. Estaba empapada, temblando, sola en una ciudad que ahora le parecía extraña y hostil.

  —Todo estará bien, mi vida... —le susurró al oído al pequeño, aunque sus propias lágrimas se mezclaban con el agua de lluvia, nublándole la vista.

  De repente, el ruido ensordecedor de la tormenta pareció quedar en segundo plano cuando una figura se interpuso entre ella y la luz de un farol. Una sombra alta y sólida bloqueó el viento.

  Asley levantó la mirada, apartándose el cabello mojado de la cara. Frente a ella, bajo un paraguas negro de gran tamaño, se encontraba un hombre imponente. Vestía un abrigo de cachemir oscuro, de un corte tan impecable que gritaba poder y elegancia. Era alto, de hombros anchos y una presencia que llenaba el espacio por completo.

  Pero lo que más la impactó fueron sus ojos. Unos ojos verdes intensos, brillantes incluso en la penumbra de la noche, que la miraban con una mezcla de autoridad y una extraña, casi imperceptible, chispa de reconocimiento.

  —No es noche para que una mujer y un niño estén a la deriva —dijo él. Su voz era fuerte, profunda, con una seguridad que no admitía réplicas.

  Asley retrocedió un paso, instintivamente protectora con su hijo, pero el hombre no se movió hacia ella de forma amenazante. Simplemente inclinó el paraguas para cubrirla a ella y a Leo, deteniendo el castigo del agua sobre sus hombros.

  —Venga conmigo —ordenó, aunque en su tono no había maldad, sino una determinación absoluta—. No haga preguntas ahora. Su hijo necesita refugio, y usted apenas puede sostenerse en pie.

  Asley miró a Leo, que tiritaba de frío, y luego volvió a mirar aquellos ojos verdes. En ese momento, no sabía quién era este desconocido, pero sabía que cualquier lugar era mejor que el abismo de abandono al que Tristan la había condenado.

  Sin decir una palabra, pero con el corazón latiéndole desbocado, Asley permitió que el extraño la guiara hacia un vehículo negro que esperaba con el motor encendido a pocos metros de distancia.

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