El eco de la gala benéfica continuaba resonando en las portadas de los diarios financieros a la mañana siguiente. Las fotografías de Asley, radiante y blindada por el apellido Moretti, contrastaban con las imágenes de un Tristan Gibson esquivo y visiblemente perturbado por la prensa. La primera estocada había sido pública, pero la verdadera masacre comenzaría a puertas cerradas.
En el despacho de la mansión Moretti, el ambiente era de una concentración absoluta. Asley, vistiendo un impecable