El eco de la gala benéfica continuaba resonando en las portadas de los diarios financieros a la mañana siguiente. Las fotografías de Asley, radiante y blindada por el apellido Moretti, contrastaban con las imágenes de un Tristan Gibson esquivo y visiblemente perturbado por la prensa. La primera estocada había sido pública, pero la verdadera masacre comenzaría a puertas cerradas.
En el despacho de la mansión Moretti, el ambiente era de una concentración absoluta. Asley, vistiendo un impecable traje de sastre color crema, revisaba minuciosamente una serie de mapas de rutas y contratos antiguos. Dante la observaba desde su sillón de piel, con un cigarro apagado entre los dedos y esa mirada verde que parecía desarmar cualquier secreto.
—Los contratos de exclusividad con los proveedores de combustible en el sector norte —dijo Asley, deslizando un documento sobre el escritorio de Dante—. Tristan los consiguió gracias a las cartas de recomendación firmadas por mi padre antes de morir. Legalmente, esas alianzas estipulan que, en caso de divorcio por causa grave o fraude patrimonial, las tarifas preferenciales quedan anuladas.
Dante arqueó una ceja, una chispa de genuina admiración cruzando por sus ojos.
—Estás proponiendo cortarle el suministro de oxígeno antes de que sus aviones puedan siquiera despegar —murmuró él, con una sonrisa gélida—. Inteligente. Mi equipo legal puede activar esa cláusula antes del mediodía.
—No quiero solo quitarle el dinero, Dante —respondió ella, levantando la vista. Sus ojos cafés ya no reflejaban dolor, sino una determinación fría—. Quiero que vea cómo el imperio que construyó sobre mis costillas se desmorona ladrillo a ladrillo. Quiero que entienda que la "sombra" que desechó era lo único que lo mantenía a flote.
Dante se puso de pie, rodeando el escritorio con su andar pausado y felino. Se detuvo justo detrás de la silla de Asley, inclinándose sutilmente. El aroma a sándalo y poder que lo caracterizaba inundó los sentidos de ella.
—Y lo harás —susurró Dante cerca de su oído, haciendo que un inesperado escalofrío recorriera la columna de Asley—. Pero para que el golpe sea letal, necesitamos que cometa un error desesperado. Mañana es la licitación para el nuevo servicio de carga del gobierno. Tristan irá con todo lo que le queda. Nosotros iremos para asfixiarlo.
Por un instante, la distancia entre ambos pareció reducirse a nada. Asley contuvo el aliento, sintiendo la imponente presencia de Dante no como una amenaza, sino como un refugio magnético. El contrato los unía como socios en una guerra, pero la forma en que él la protegía y la intensidad con la que la miraba empezaban a tejer hilos invisibles que ninguno de los dos había planeado.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en las oficinas de Skyline Empire, el caos era absoluto. Tristan arrojó un pesado cenicero de cristal contra la pared, haciéndolo añicos. Sus abogados temblaban ante su furia.
—¡Quiero ese matrimonio anulado! —rugió Tristan, con el rostro desencajado y la corbata torcida—. ¡Esa mujer no puede haberse casado con Moretti! ¡Es una muerta de hambre que yo dejé en la calle! ¿Cómo demonios consiguió el respaldo de su bufete?
—Señor Gibson... —articuló el abogado principal, tragando saliva—. El matrimonio es completamente legal. Y hay algo peor. Acabamos de recibir una notificación del consorcio petrolero. Han cancelado nuestro subsidio de combustible basándose en los derechos hereditarios de la Señora Asley Moretti. Si no ganamos la licitación de carga mañana... la empresa entrará en cese de pagos en menos de un mes.
Tristan se dejó caer en su silla, sintiendo por primera vez el verdadero peso del abismo. La mujer que creía haber borrado del mapa se había convertido, de la mano de su peor enemigo, en el verdugo de su ambición.