Capitulo 8: Perdido

El gran salón del Ministerio de Transporte bullía con el murmullo tenso de los hombres de negocios más poderosos del sector. En las pantallas principales se proyectaba el escudo nacional y el título de la licitación: Contrato de Logística y Carga Aérea Gubernamental. Era el contrato de la década, el salvavidas que Skyline Empire necesitaba desesperadamente para no hundirse tras el bloqueo de combustible que Asley le había impuesto.

Tristan Gibson se encontraba en una esquina, ajustándose el saco con manos ligeramente temblorosas. Su rostro, habitualmente bronceado y arrogante, lucía demacrado, con ojeras profundas que el maquillaje apenas lograba disimular. A su lado, sus asesores financieros revisaban febrilmente las carpetas con las cifras de su propuesta. Tristan sabía que estaba apostando el todo por el todo; había hipotecado dos de sus aviones principales para poder presentar una oferta económica agresivamente baja, seguro de que nadie podría competir con sus precios.

De pronto, las puertas de doble hoja del salón se abrieron.

Asley entró al recinto. El impacto visual fue inmediato. Vestía un traje de dos piezas en un blanco impoluto, con líneas arquitectónicas que proyectaban una autoridad implacable. Su cabello estaba recogido en una coleta alta y tirante, y sobre su pecho descansaba un broche de zafiro que destellaba con frialdad. Del brazo de Dante Moretti, quien vestía un esmoquin gris oscuro a medida, la pareja parecía una monarquía de los negocios que venía a reclamar lo que por derecho les pertenecía.

Tristan se tensó, sus ojos azules inyectados de sangre fijos en su exesposa. Quiso sostenerle la mirada, demostrarle que no le temía, pero en cuanto Asley barrió el salón con sus ojos cafés claros, pasó de largo por encima de él como si Tristan fuera una ráfaga de viento invisible. El desprecio absoluto dolió más que cualquier insulto.

Dante, sin embargo, se detuvo a un par de metros de Tristan. Con una lentitud exasperante, acomodó los puños de su camisa y le dedicó una sonrisa cargada de un cinismo letal.

—Disfruta del aire mientras puedas, Gibson —murmuró Dante, con su voz profunda cortando la distancia—. Porque hoy te vas a quedar sin oxígeno.

—No me asustas, Moretti —siseó Tristan, dando un paso al frente con los puños cerrados—. Mis precios son imbatibles. He bajado los costos al mínimo. No hay forma de que me quites este contrato. Ella —señaló a Asley con desprecio— no sabe nada de aviación, solo de telas y sumisión. Ganaré esto con o sin su combustible.

Dante soltó una carcajada seca, un sonido gélido que hizo que los asesores de Tristan dieran un paso atrás.

—Sigues siendo un piloto mediocre que cree que el negocio está en los aviones —sentenció Dante, invadiendo el espacio de Tristan con su imponente presencia—. El negocio está en la propiedad.

Antes de que Tristan pudiera replicar, la voz del secretario de licitaciones resonó por los altavoces, llamando a los representantes a la mesa principal para la apertura de los sobres oficiales.

Asley caminó con paso firme y se sentó en la cabecera de la mesa del consorcio Moretti. Frente a ella, a solo tres metros de distancia, Tristan se sentó, respirando con dificultad. El ujier abrió el primer sobre: la propuesta de Skyline Empire.

—Skyline Empire presenta una oferta de costo operativo de doce millones de dólares con un margen de ganancia del cinco por ciento —anunció el secretario. Un murmullo recorrió la sala; era una oferta bajísima, casi al costo. Tristan sonrió con suficiencia, mirando a Asley con triunfo.

El secretario tomó el sobre sellado de los Moretti. Al abrirlo, sus ojos se abrieron con sorpresa. Miró el documento y luego a Asley.

—El consorcio Moretti & Co. presenta una oferta de costo operativo de... cero dólares —anunció el secretario, su voz temblando ligeramente—. Con una propuesta de absorción total de los costos de infraestructura a cambio de los derechos exclusivos de los hangares estatales del norte durante los próximos quince años.

El salón estalló en un griterío de exclamaciones. Tristan se puso de pie de un salto, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

—¡Eso es ilegal! —rugió Tristan, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Eso es competencia desleal! ¡No pueden ofrecer operar a pérdida!

Asley, sin inmutarse por los gritos de su exesposo, se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando sus manos entrelazadas sobre la mesa. Por primera vez en toda la mañana, miró a Tristan fijamente a los ojos. Su mirada era un témpano de hielo.

—No es una pérdida, Tristan. Es una inversión —dijo Asley, con una voz clara y firme que silenció el caos del salón—. Los hangares estatales del norte eran propiedad de mi padre antes de que tú falsificaras las firmas para traspasarlos a tu nombre. El Estado acaba de aceptar la restitución de los activos. Moretti no opera a pérdida; simplemente estamos cobrando la deuda que tú nos dejaste.

El secretario golpeó el mazo contra la mesa.

—Por unanimidad y debido a la optimización absoluta de los recursos públicos, el contrato de logística de carga queda adjudicado al consorcio Moretti & Co.

Las piernas de Tristan cedieron. Se dejó caer en su silla, con la mirada perdida en los documentos sobre la mesa. Estaba acabado. Al perder la licitación y tener los aviones hipotecados, la quiebra de Skyline Empire era inevitable y automática.

Dante se acercó a Asley, colocándole una mano posesiva sobre el hombro. Ella se puso de pie y, antes de retirarse, se detuvo frente a un Tristan destruido.

—Te lo advertí, Tristan —susurró Asley, mirándolo desde arriba—. El aire allá arriba es muy delgado. Disfruta la caída.

Dante y Asley salieron del salón bajo una lluvia de flashes de los reporteros, dejando atrás el cadáver financiero del hombre que alguna vez creyó que podía pisotear la dignidad de una mujer sin pagar las consecuencias.

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