El silencio en el estudio fue sepultado por el sonido seco del sello oficial sobre el acta matrimonial. El juez de paz cerró su carpeta, estrechó la mano de Dante con una reverencia casi imperceptible y se retiró junto a los testigos.
Asley miró el anillo de platino en su dedo; era pesado, frío y de una elegancia insultante. No era una joya, era un grillete de oro para Tristan Gibson.
—Felicidades, Señora Moretti —dijo Dante. Su voz arrastró el apellido con una satisfacción que erizó la piel