—José, no me pegues más, yo tampoco lo haré... Si me pegas... me dolerá demasiado, me dolerá durante mucho tiempo, yo no... no quiero...
Nadia temblaba sin cesar mientras se abrazaba temblorosa a las cortinas en el rincón. José, al verla tan desorientada, sintió una mezcla inexplicable de sensaciones, un fuerte enojo pincelado con una gran impotencia.
Nadia no se atrevía a hablar, solo se acurrucaba más y más en el rincón, como si quisiera meterse dentro de ella.
—Seré muy buena y obediente. Soy