—Allá —Kilian sacó la mano de su bolsillo y señaló una dirección.
—¡Vaya! Sí que tienes suerte, eh. Vivir aquí no es barato. Anda, vamos… la renta por acá cuesta un ojo de la cara.
Mientras caminaban, Shirley seguía conversando con él de forma intermitente. Después de ver una película, casi parecía que eran amigos de toda la vida, aunque Shirley ya se había dado cuenta de que Kilian era una persona reservada que no hablaba mucho.
—No es tanto.
—Qué envidia. Tú, en tu casa, escribiendo novelas, s