La voz de José se tornó grave de repente y en su rostro había una expresión muy terrorífica que hizo que Nadia se detuviera. Su rostro pálido y débil le miraba con los ojos llenos por el pánico y el rencor.
—Eres igual de malo que Martín. Ya no quiero ser tu amiga.
Nadia salió corriendo despavorida con la pijama del hospital, pero, en cuanto abrió la puerta, los hombres de afuera la detuvieron.
—Vuelve a la cama ahora mismo, Nadia —le ordenó José.
—¡No quiero obedecerte, déjame volver a casa! —N