El mensaje salió disparado como un grano de arena lanzado al mar, sin causar ni una sola onda. El tiempo pasó y no recibió respuesta. Shirley, en una especie de trance, siguió mirando su teléfono, esperando, esperando… hasta que se dio cuenta de que ya habían pasado dos minutos y aún nada.
Suspiró profundamente, dejó el teléfono sobre su pecho y se quedó mirando el techo. Había algo que no terminaba de entender: ¿Por qué Álvaro, de todas las personas, había decidido que quería que ella fuera su