Jennifer fue dada de alta poco después del mediodía, con el olor del hospital todavía pegado a su ropa, la garganta irritada y la cabeza pesada. Lo que más recordaba de esa mañana no era al médico, ni los formularios, ni la enfermera retirándole la vía.
Era despertar y ver a Vincent sentado a su lado—agotado, pálido, aferrando su mano como alguien que por fin había dejado de ahogarse.
No dijo mucho.
No hacía falta.
Solo apartó un mechón de su rostro y le preguntó:
—¿Lista para ir a casa?
Casa.