Entre bambalinas olía a cabello quemado y a nervios.
Jennifer estaba frente al tocador, pero ya no podía obligarse a mirarse en el espejo. La música de la pasarela se filtraba a través de las paredes en pulsos graves, cargados de bajo, y podía oír los aplausos dispersos subiendo y bajando. El desfile ya había empezado. Las modelos estaban saliendo. La maquinaria de la noche estaba en marcha.
Pronto pronunciarían su nombre.
Tenía las manos húmedas.
Intentó los ejercicios de respiración —los que