Veloura Models no dormía.
Respiraba.
A las ocho de la mañana el edificio ya estaba vivo en capas: vapor enroscándose entre los percheros, el silbido agudo de las planchas, el olor químico de la laca fijándose en el fondo de la garganta. Asistentes cruzaban los pasillos con portapapeles apretados contra el pecho, murmurando nombres y horarios. Alguien discutía sobre el largo de un dobladillo cerca de los probadores. Una risa estallaba y se apagaba de inmediato.
Las pantallas montadas a lo largo