Jennifer estaba frente al espejo con nada más que un camisón de seda del color de la luz de la luna.
Se le pegaba al cuerpo de forma incómoda—demasiado fino para ocultar lo irregular de su respiración, dejando ver cada inhalación. El vestidor de la finca Moretti estaba en silencio, aislado de todo lo que quedaba más allá de sus ventanas altas y sus cortinas pesadas. Una luz dorada y suave caía sobre el tocador, y ella no podía dejar de notar cada imperfección que su mente quería agrandar hasta