El edificio del tribunal olía levemente a papel viejo y cera —ese tipo de aroma que se aferra a los lugares que han sido testigos de demasiadas historias. La luz de las altas ventanas caía en haces pálidos y diagonales sobre los paneles de madera, convirtiendo el polvo suspendido en el aire en fantasmas lentos.
Cada sonido —el roce de unos zapatos, el chirrido de una silla— parecía prolongarse más de lo debido, como si las paredes mismas contuvieran el aliento.
Jennifer permanecía en silencio e