Las campanas de la iglesia de Santa Ana cantaban en el frío aire matutino, su lamentoso repicar flotando por las calles como un lamento por un alma que se fue demasiado pronto. A dos manzanas, el eco aún resonaba — suave, constante, acongojado. Los dolientes llenaban los callejones estrechos, envueltos en negro, los hombros encorvados bajo el peso de la pérdida, los ojos huecos por noches de llanto.
Esa mañana marcaba la misa funeral del padre Andrew. Dentro, la iglesia parecía llorar también —