La lluvia azotaba afuera. Una tormenta siseante que lloraba en torrentes pesados. Dentro, las voces se amortiguaban. Las sábanas se arrugaban. La cama se agitaba con el peso de dos amantes—or dos adúlteros.
Tracy soltó una risita suave, casi riendo. El hombre encima de ella mordió juguetón su oreja. Ella gimió. Sus ojos brillaron. Sus cuerpos desnudos—cálidos por la dicha de la intimidad se frotaban suavemente, desprendiendo aún más chispas.
Las sábanas se arrugaron cuando ella se giró. Susurró