Habían pasado cinco años desde la fundación de la escuela de fareros. El faro ya no era solo un hogar; era un faro de conocimiento, un lugar donde jóvenes de todo el país llegaban para aprender el arte de encontrar su propia luz. Mariana se había convertido en una maestra sabia y paciente, y Elías en el pilar que sostenía cada proyecto con su calma y su amor incondicional.
Pero había algo que Mariana sabía que aún no se había completado. La lámpara antigua, la llama eterna, seguía ardiendo en