El tiempo, como el mar, nunca se detiene. Pasaron cinco años desde que Nicolás entregó el libro de poesía al océano y renovó el sello del faro. La luz eterna brillaba con más fuerza que nunca, y el faro se había convertido en un lugar de peregrinación para aquellos que buscaban respuestas, consuelo o simplemente un momento de paz.
Nicolás, ahora con treinta años, era el guardián indiscutible del faro. Su barba crecida y su mirada profunda le daban un aire de sabiduría que trascendía su edad. Lo