El faro amaneció envuelto en un silencio que no era tristeza, sino respeto. Mariana había partido en paz durante la noche, rodeada del amor de su familia y la luz que había protegido durante toda su vida. Su partida no fue una pérdida; fue una transición. Como la luz del faro que nunca se apaga, solo se transforma.
Elías, su compañero de toda una vida, había dormido a su lado, sosteniendo su mano hasta el último momento. Cuando despertó y sintió que su mano ya no respondía, no lloró. Sonrió. Po