Mariana tenía treinta y cinco años cuando supo que la vida le había dado el regalo más inesperado de todos.
Fue una mañana de otoño, cuando las hojas de los árboles del puerto comenzaban a teñirse de oro y el mar olía a tierra mojada. Mariana se despertó con una náusea que no podía explicar. Al principio, pensó que era el pescado que había cenado la noche anterior. Pero cuando las náuseas se repitieron durante toda la semana, algo en su interior comenzó a sospechar.
—Elías —dijo una tarde, s