El pequeño Nicolás creció en el faro como una flor silvestre, fuerte y llena de vida. Desde muy temprano, mostró una conexión especial con la luz eterna. Cuando lloraba, su madre lo llevaba a la cima y la llama lo calmaba. Cuando tenía miedo, su abuela Mariana lo sentaba en sus rodillas y le contaba historias de los nueve vasos. Y cuando reía, todo el faro parecía iluminarse con una luz más brillante.
Pero había algo en Nicolás que lo hacía especial. Algo que todos notaban pero nadie podía expl