El salón principal de la mansión Rivas-Dávila olía a cedro y a secreto. La misma madera que habían pisado cuatro generaciones, los mismos candelabros de plata que habían iluminado bodas, funerales y traiciones. Esa noche, sin embargo, algo había cambiado. Las cortinas estaban abiertas. La luz del amanecer, cruda y sin filtros, entraba a raudales, desnudando cada grieta del encerado piso, cada mancha de humedad en los molduras.
Mateo estaba de pie junto a la chimenea apagada, con una carpeta de