Esa noche, Clarissa no durmió. Dio vueltas en la cama, con el anillo de plata girando en su dedo, recordando la caja de terciopelo azul, las palabras de Mateo arrodillado en la biblioteca.
—¿Estás despierta? —preguntó Mateo desde la oscuridad. Habían empezado a dormir juntos, primero por necesidad, luego por costumbre, ahora por elección.
—Sí.
—¿Tienes miedo?
—Miedo no. Algo peor. Algo que parece lástima. Y no quiero sentir lástima por ella. No quiero perdonarla.
—Nadie te pide que la perdones.