La mansión Rivas-Dávila había vaciado sus entrañas. Los Chestifer se habían ido como habían venido: en silencio, con los dientes apretados y las manos en los bolsillos, como si temieran que alguien les fuera a robar algo más que el honor. La sobrina política, esa mujer de nombre olvidable que se llamaba Mariana, se había quedado tomando té en la cocina, sin atreverse a entrar al salón principal, como si el roble de la mesa fuera sagrado y ella una intrusa.
Clarissa y Mateo estaban solos. O creí