El faro volvió a girar, y en ese barrido de luz blanca los tres vieron sus propias sombras alargarse hacia el acantilado, como si el precipicio las reclamara.
Clarissa fue la primera en moverse. No hacia atrás. No hacia el abismo. Hacia dentro. Dio un paso frente a Mateo, enfrentando a Giovanna con una frialdad que ninguna de las dos sabía que ella tenía.
—Esa noche —dijo Clarissa, y su voz sonaba como un cuchillo afilándose— mi padre no llevaba una pistola. Usted sí. Usted fue a buscarlo. Uste