Clarissa cogió la invitación. La luz de la lámpara hacía brillar el dorado de las letras.
—¿Y nosotros qué queremos?
—Saber quiénes son —respondió Mateo—. Saber qué esconden. Y si resulta que también tienen un sótano lleno de archivos prohibidos, pues abrirlo también.
Lily sonrió. Era una sonrisa peligrosa, la de quien ha aprendido a no tener miedo.
—Entonces vamos. Pero no como invitados. Como inspectores.
Selene asintió.
—Iré con ustedes. Steve también. Diremos que somos asesores de la fundac