La carta llegó un martes por la mañana, dentro de un sobre color marfil que nadie reconoció. No tenía remite, pero el sello de cera roja con las iniciales G.R.D. lo decía todo. Mateo lo sostuvo en las manos como si fuera una bomba. En cierto modo, lo era.
—¿La abro? —preguntó, mirando a Clarissa y Lily que estaban a su lado en la cocina.
—Ábrela —respondió Lily—. Ya no puede hacernos más daño.
Mateo rompió el sello. Dentro había un contrato. No el de la fundación, no el de la sociedad con los C