Afuera, el Bósforo brillaba bajo la luna, y en una de las torres del palacio, Helena Wolff miraba el mar con una copa de coñac en la mano. A su lado, Dimitri.
—¿Qué opinas, hijo?
—Son duros —respondió Dimitri—. Pero todos son duros al principio. Luego se ablandan. Con el dinero. Con las amenazas. Con el miedo.
—No uses amenazas —dijo Helena, sin mirarlo—. No con estos. A estos se les gana con otra cosa.
—¿Con qué?
—Con la verdad —respondió ella, y la palabra sonó extraña en sus labios—. O con u