Hubo un tiempo en que la verdad fue un lujo que ninguno de ellos podía permitirse. Un tiempo en que las palabras se medían con cuentagotas, las miradas se esquivaban como puñales y el amor —si es que puede llamarse así lo que hacían para sobrevivir— se parecía más a un pacto con la soledad que a un refugio. Ese tiempo, el de las grietas profundas y los silencios cómplices, no empieza en estas páginas. Pero termina en ellas.
Lo que tienes entre las manos (o en la pantalla, o en la voz de quien t