El mar se tragaba el sol cuando llegaron a Punta Brava. La casa de la abuela Elena los recibió con las ventanas cerradas y un silencio que olía a sal y a hierbas secas. Mateo cortó el motor y durante un instante ninguno de los dos se movió.
—¿Estás lista? —preguntó él.
Clarissa apretó el sobre contra su pecho. El lacre rojo, intacto en aquel, la miraba como un ojo de sangre.
—No. Pero hazlo tú.
Mateo tomó el sobre con manos firmes. Rompió el sello con cuidado, como si dentro hubiera algo