—¿Así va tu matrimonio? —preguntó Azucena con el ceño fruncido, removiendo el café con una cucharita de plata.
Mariam soltó un suspiro largo, vencida.
—Como una nevada perpetua... Helado. Frío. Inmóvil. No sé qué estoy haciendo mal. A veces me sonríe. A veces me ignora. Y yo... ya no sé si estoy empezando a sentir cosas o si solo quiero que me vea.
Azucena la observó en silencio por unos segundos, luego sonrió con picardía.
—Vamos. Te voy a enseñar cómo hacer que un hombre deje de ver a su espo