Aghata golpeó la mesa con rabia. Su rostro estaba desencajado por la ira. La madera crujió bajo la fuerza de su puño cerrado, y los papeles que había sobre el escritorio salieron volando como mariposas asustadas.
—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Esa estúpida de Mariam siempre quiere hacerse la santa! ¡Pero es tan sucia como yo, solo que lo disimula mejor!
Dio un par de pasos por la habitación, como una fiera enjaulada. Su mirada estaba clavada en el ventanal, pero no veía el jardín de rosas, sino el ro