Los días continuaron su curso. Demian se encontraba en su oficina, sumergido entre montones de documentos y contratos que parecían no tener fin. La tarde avanzaba lentamente, el tic tac del reloj resonaba en la estancia silenciosa, cuando de pronto su teléfono comenzó a vibrar sobre el escritorio. Al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa automática se dibujó en su rostro: era Mariam.
Contestó de inmediato.
—Amor —dijo él con voz cálida.
Del otro lado escuchó la melodiosa voz de su esposa.
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