Rosas envenenadas

El murmullo de la oficina se había calmado después del incidente. El doctor terminó de vendar la mano de Gabriel con profesionalismo, asegurándose de cubrir bien la irritación provocada por el contacto con los pétalos.

Mariam se esforzaba por mantener una calma que no sentía. Su mirada estaba fija en la venda blanca que cubría la mano de su asistente, y aunque intentaba sonreír, la tensión se notaba en sus gestos. Gabriel, por su parte, mascullaba entre dientes, aún molesto por lo sucedido.

El
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