Meses después
Mariam se miró al espejo con una sonrisa tranquila. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer serena, enamorada y, sobre todo, feliz. El vestido blanco que llevaba puesto era un espectáculo de capas de tul suave y delicado, que la hacían ver como una princesa salida de un cuento de hadas. Su piel brillaba con ese resplandor especial que sólo tienen las mujeres que han conocido el amor verdadero y han vencido todas las batallas para alcanzarlo.
Azucena, de pie junto a ella, no